Entre el sufrimiento interno y las palabras silenciadas: análisis de narrativas de pacientes con trastornos del comportamiento alimentario, trauma y automutilaciones

Maritza Rodríguez G., Juanita Gempeler R., Victoria Pérez R., Santiago Solano S., Adriana Meluk, Estela Guerrero, Evelyn Liemann

2007 - Producción cientifica - Evento científico

Los actos de daño autoinfligido,  sin intencionalidad suicida, consisten en comportamientos de automutilación, como cortarse la piel en antebrazos, piernas, abdomen, plantas de los pies o dedos; provocarse otras lesiones, como arañarse o quemarse con cera, cigarrillos o plásticos calientes; golpearse la cabeza u otras partes corporales contra superficies, o pellizcarse compulsivamente la piel hasta sangrar o sentir dolor. Estos comportamientos se han estudiado en pacientes con trastornos del comportamiento alimentario (TCA) de diferentes culturas (1-9). 

La asociación entre los comportamientos de automutilación, las experiencias traumáticas tempranas de abuso sexual o maltrato físico y los TCA ha sido señalada en diferentes estudios; sin embargo, no se ha podido demostrar una conexión causal específica y directa entre el antecedente del  trauma o abuso y el desarrollo del TCA. Se ha encontrado que estas experiencias perfi lan un autoconcepto negativo y favorecen la aparición de un amplio número de expresiones psicopatológicas, como TCA, trastornos del ánimo, trastornos de ansiedad, trastornos de personalidad, abuso de sustancias y otros comportamientos impulsivos o de búsqueda de riesgos (10).

Estudios como los realizados por Nagata y cols. (9), Paul y cols. (3) y Rodríguez, Pérez y Díaz (11) han relacionado los comportamientos de autodaño con el antecedente de trauma temprano, y dan cuenta de una mayor tendencia a desertar de tratamiento o recaer. Igualmente, en la literatura médica disponible se ha resaltado que en los pacientes que incurren en actos automutilatorios los fenómenos disociativos son frecuentes (12-16). Un estudio del 2005, realizado por Rodríguez y Guerrero (17), en 362 mujeres con TCA atendidas en el Programa Equilibrio, de Bogotá, mostró una frecuencia global de conductas de daño autoinfligido no suicida del 23,2%, que incluía un patrón similar al reportado en muestras de otros países, es decir, cortarse la piel de muñecas, antebrazos, piernas o abdomen, golpearse, quemarse, automutilarse dedos, pellizcarse la piel o varios tipos de conductas de manera combinada. 

En este estudio se mostró de manera signifi cativa la asociación con variables de riesgo como el antecedente de trauma, en especial abuso sexual repetido (OR=3,15 IC 95%: 1,3-7,3) y exposición de la paciente o sus familiares a otros tipos de actos violentos, como secuestro, amenazas de  secuestro, homicidios, amenazas de muerte, extorsión, desplazamientos forzados de las familias por causas violentas o maltrato físico (OR=1,94 IC 95%: 1,2-3,1).

En el análisis se identificaron otras variables asociadas significativamente con el riesgo de automutilarse, como personalidad limítrofe, personalidad histriónica, trastorno bipolar tipo II con episodios mixtos, antecedente de intento de suicidio, otros trastornos en el control de los impulsos y abuso o dependencia de sustancias (17).

Sin embargo, aunque el conocimiento de la frecuencia y el perfi l de riesgo de las mujeres con TCA que se automutilan responde algunas preguntas, no resulta suficiente para comprender el fenómeno y para el diseño de una estrategia de intervención específica. Existe en esta área un gran vacío de conocimientos, mientras que en la práctica clínica diaria se impone con urgencia la necesidad de tener una herramienta de trabajo útil y eficaz que permita mejorar la intervención y el pronóstico de esta población.

La exploración detallada de la vivencia del síntoma en el contexto específico de lo vivido a través del cuerpo y por medio de éste surge como una necesidad para ampliar la comprensión de cada caso y realizarencontrado que estas experiencias perfi lan un autoconcepto negativo y favorecen la aparición de un amplio número de expresiones psicopatológicas, como TCA, trastornos del ánimo, trastornos de ansiedad, trastornos de personalidad, abuso de sustancias y otros comportamientos impulsivos o de búsqueda de riesgos (10).

Estudios como los realizados por Nagata y cols. (9), Paul y cols. (3) y Rodríguez, Pérez y Díaz (11) han relacionado los comportamientos de autodaño con el antecedente de trauma temprano, y dan cuenta de una mayor tendencia a desertar de tratamiento o recaer.

Igualmente, en la literatura médica disponible se ha resaltado que en los pacientes que incurren en actos automutilatorios los fenómenos disociativos son frecuentes (12-16). Un estudio del 2005, realizado por Rodríguez y Guerrero (17), en 362 mujeres con TCA atendidas en el Programa Equilibrio, de Bogotá, mostró una frecuencia global de conductas de daño autoinfligido no suicida del 23,2%, que incluía un patrón similar al reportado en muestras de otros países, es decir, cortarse la piel de muñecas, antebrazos, piernas o abdomen, golpearse, quemarse, automutilarse dedos, pellizcarse la piel o varios tipos de conductas de manera combinada. 

En este estudio se mostró de manera signifi cativa la asociación con variables de riesgo como el antecedente de trauma, en especial abuso sexual repetido (OR=3,15 IC 95%: 1,3-7,3) y exposición de la paciente o sus familiares a otros tipos de actos violentos, como secuestro, amenazas de secuestro, homicidios, amenazas de muerte, extorsión, desplazamientos forzados de las familias por causas violentas o maltrato físico (OR=1,94 IC 95%: 1,2-3,1). 

En el análisis se identificaron otras variables asociadas significativamente con el riesgo de automutilarse, como personalidad limítrofe, personalidad histriónica, trastorno bipolar tipo II con episodios mixtos, antecedente de intento de suicidio, otros trastornos en el control de los impulsos y abuso o dependencia de sustancias (17).

Sin embargo, aunque el conocimiento de la frecuencia y el perfi l de riesgo de las mujeres con TCA que se automutilan responde algunas preguntas, no resulta suficiente para comprender el fenómeno y para el diseño de una estrategia de intervención específi ca. Existe en esta área un gran vacío de conocimientos, mientras que en la práctica clínica diaria se impone con urgencia la necesidad de tener una herramienta de trabajo útil y eficaz que permita mejorar la intervención y el pronóstico de esta población.

La exploración detallada de la vivencia del síntoma en el contexto específi co de lo vivido a través del cuerpo y por medio de éste surge como una necesidad para ampliar la comprensión de cada caso y realizar un abordaje terapéutico enfocado en las necesidades particulares.

Por otra parte, el valor de una metodología cualitativa, como la entrevista en profundidad y el análisis de narrativas, puede ser inmensamente enriquecedor para entender los vínculos existentes entre el síntoma automutilatorio, los síntomas alimentarios y el trauma, el papel de la disociación y el conocimiento de otros mecanismos o patrones predominantes en cada caso.

El presente trabajo pretende estudiar estos contenidos para definir posibles categorías de análisis y derivar de ellas algunas estrategias de intervención, articuladas dentro de un modelo terapéutico que será planteado en un trabajo posterior.

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